Para Leah, correr el Maratón de Nueva York fue tanto un exigente desafío físico como un regreso a la ciudad donde nació y pasó gran parte de sus primeros años de vida. A los 43 años, participó en la carrera sabiendo que la distancia la pondría a prueba, pero no esperaba que la experiencia revelara una reserva de determinación tan profunda.
La carrera comenzó con una salida emotiva en el puente Verrazzano. Rodeada de corredores de todo el mundo, de aguas abiertas y del perfil urbano de Nueva York, se sintió abrumada por la importancia de haber llegado a la línea de salida. En Brooklyn, mantuvo el ritmo y alcanzó el punto medio en condiciones razonables.
El recorrido se volvió más difícil al acercarse al puente de la calle 59. La subida gradual, el viento y el silencio relativo la dejaron luchando, y las multitudes de la Primera Avenida hicieron poco por devolverle la energía. Cuando llegó al Bronx y al puente de Willis Avenue, sentía que sus pies, cuádriceps y rodillas estaban a punto de fallar. También experimentó intensos temblores y consideró abandonar la carrera.
Harlem supuso un cambio breve pero importante. La música de un coro de góspel, de intérpretes de ska jamaicano y de artistas de salsa le levantó el ánimo, mientras los espectadores la animaban, le decían que se veía fuerte y le ofrecían gestos personales de apoyo. Un espectador incluso le permitió acariciar a un perro de montaña de Berna. Los ánimos la hicieron llorar y la ayudaron a encontrar una sonrisa genuina durante la carrera.
Llevó esa determinación renovada a los kilómetros finales, aunque Central Park parecía alargarse a pesar de que la meta estaba cerca. Finalmente completó el maratón en 4:44, aproximadamente 15 minutos más lento que su tiempo objetivo.
Después de cruzar la línea de meta, una voluntaria llamada Kate la llevó a una carpa médica. Allí, el médico Ishmael la cubrió con mantas de lana, la colocó cerca de un calefactor y le dio sopa caliente, sal y Gatorade hasta que pudo ponerse de pie y regresar a su hotel y junto a su familia.
Aunque la experiencia la dejó convencida de que un Maratón de Nueva York era suficiente, también se marchó agradecida por la oportunidad de demostrar que podía completar una distancia tan difícil. La carrera conectó su pasado con la ciudad y le mostró que era capaz de hacer algo que nunca había creído posible.
El artículo apareció originalmente en la edición de invierno de 2025 de Runner’s World. Leah ha editado historias narrativas extensas durante más de 20 años y dirige las secciones de reportajes de Bicycling, Runner’s World y Popular Mechanics.
Fuentes: Runner's World.